De Minsk al Mar Negro: las sombras de los acuerdos de "papel" de Putin
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En el Vaticano, durante las exequias del Papa Francisco, Donald Trump y Volodymyr Zelensky sostienen una reunión privada, marcada por la incertidumbre sobre el futuro de Ucrania ante las presiones de Moscú. Imagen. REUTERS.
La propuesta de paz
para Ucrania expone la desconexión de Occidente con la realidad geopolítica, dicho
plan no detendría la agresión, sino que institucionalizaría la derrota,
abriendo paso a nuevas amenazas.
Desde los Acuerdos de
Minsk hasta las más recientes negociaciones en el Mar Negro, el Kremlin ha
perfeccionado el arte de firmar compromisos que nunca tuvo intención real de
cumplir. Cada tratado ha sido, en el mejor de los casos, una pausa estratégica
para reorganizar fuerzas, desgastar al adversario y fortalecer su posición.
Pretender hoy que un nuevo acuerdo de "papel" detendrá la agresión
rusa no es una apuesta por la paz, sino un acto voluntario de autoengaño.
Uriel J. Herrera | Opinĭo | abril, 2025
Estados Unidos ha intentado reactivar las conversaciones de paz en Ucrania con una propuesta que, más que una solución, parece un retroceso histórico. El plan sugiere formalizar la anexión ilegal de Crimea por parte de Rusia, impedir de manera permanente el ingreso de Ucrania en la OTAN, además de levantar las sanciones impuestas a Moscú. Todo ello, sin ofrecer garantías de seguridad a Kiev ni comprometerse a sostener, junto a Europa, un sistema de protección efectivo.
En este contexto, no puede pasarse por alto que el plan no reconoce formalmente la anexión de las cuatro provincias del sureste ucraniano ocupadas en 2022. No obstante, al exigir que Ucrania detenga los combates sobre las líneas de control actuales, la propuesta implica de facto consagrar la pérdida de territorio obtenida mediante la fuerza, precisamente el principio que Occidente prometió no tolerar tras la Segunda Guerra Mundial. Es decir, lo que se ofrece no es una restauración del orden internacional basado en el respeto a la soberanía y la integridad territorial, sino la legitimación práctica de la agresión como herramienta válida de política exterior.
Más grave aún es el precedente que este plan establecería, dado que, al normalizar la anexión territorial mediante invasión militar, abriría la puerta a futuras violaciones del derecho internacional bajo el manto de acuerdos políticos forzados tanto por el desgaste como el cansancio. Así, el mensaje que recibirían actores revisionistas en otras regiones del mundo sería claro, en palabras sencillas no sería otra cosa más que el convencimiento de que la paciencia y la fuerza bruta terminan por recompensarse, mientras que los principios son negociables según la conveniencia estratégica del momento.
Por otro lado, la omisión deliberada de cualquier mecanismo de verificación, garantía de seguridad o restitución jurídica no hace sino subrayar que, lejos de ser una apuesta por la paz, el plan se asemeja peligrosamente a una claudicación progresiva de Ucrania y, en última instancia, de los valores que Occidente dice defender. En este sentido, no es una propuesta para cerrar el conflicto, sino para institucionalizar la derrota en cuotas, bajo la apariencia de pragmatismo diplomático.
En pocas palabras, ni Ucrania ni Rusia aceptaron el plan. Kiev lo rechazó, consciente de que sería su acta de capitulación; Moscú, por su parte, sigue apostando a un mejor escenario estratégico. Europa, en tanto, guarda un silencio tan revelador como preocupante, consciente de que aceptar semejante esquema equivaldría a debilitar su propio proyecto de seguridad colectiva.
Precisamente, las dudas sobre la viabilidad de cualquier acuerdo con el Kremlin no son infundadas, basta tener presente la conducta de Rusia en el Mar Negro ya que este ofrece un ejemplo tangible. Desde la invasión a gran escala en 2022, Moscú ha convertido la región en un teatro de "zona gris"; es decir, una zona de bloqueos navales, amenazas híbridas, así como la manipulación sistemática de los acuerdos firmados. Consecuentemente, a pesar de compromisos iniciales para garantizar la navegación segura —como el acuerdo de exportaciones de grano en 2022— Rusia rompió unilateralmente sus promesas apenas un año después, reavivando la crisis alimentaria global.
Asimismo, la ambigüedad táctica de Moscú ha tenido consecuencias devastadoras; por ejemplo, Mykolaiv, una vez vibrante centro de exportación, ha visto colapsar más de la mitad de su economía portuaria. El corredor alternativo establecido por Ucrania apenas ha mitigado parcialmente los efectos, en un entorno donde el transporte marítimo civil circula con los transpondedores apagados por seguridad.
En este sentido, resulta ingenuo —o peligrosamente ilusorio— suponer que Vladimir Putin honraría un acuerdo de paz basado solo en promesas vagas. La experiencia acumulada en el Mar Negro, el colapso deliberado del acuerdo de exportación de granos, sin dejar de mencionar las sistemáticas violaciones de los compromisos adquiridos tras Minsk I y II, ilustran un patrón claro, que evidencia que los acuerdos para el Kremlin no son instrumentos de resolución, sino de manipulación temporal. Como bien advierte la analista Hanna Shelest, Putin no busca una paz genuina, sino un estado permanente de inestabilidad, un "conflicto eterno" que pueda gestionar y manipular a voluntad, manteniendo a Ucrania debilitada, dividiendo a Europa y forzando a Occidente a desgastarse en una defensa continua, mientras preserva su narrativa interna de resistencia frente a un "enemigo exterior". Apostar a su buena fe es, sencillamente, repetir errores históricos que siempre han tenido un alto costo.
Por ello, el verdadero problema del plan estadounidense no es únicamente su falta de equilibrio, sino su profunda desconexión con la realidad geopolítica contemporánea. Es decir, apostar a que Moscú respetará un acuerdo de buena fe es, en los hechos, apostar contra la historia reciente y desconocer el modus operandi del Kremlin. Peor aún, si Donald Trump decide retirarse del proceso —cortando el suministro de armas, interrumpiendo el intercambio de inteligencia o levantando unilateralmente las sanciones—, Europa podría encontrarse enfrentando sola el naufragio de su propio sistema de seguridad, por lo que sin un paraguas estratégico robusto, la fragmentación de la OTAN sería un riesgo real, la presión migratoria desde una Ucrania inestable aumentaría, donde las vulnerabilidades de los países fronterizos, como Polonia o los Estados Bálticos, quedarían expuestas a la coerción híbrida rusa. En este escenario, Europa no sólo cargaría con las consecuencias inmediatas del conflicto, sino que vería resquebrajarse las bases mismas de su arquitectura de seguridad, diseñada precisamente para impedir que la historia de los conflictos territoriales del siglo XX se repitiera.
En consecuencia, antes de considerar cualquier acuerdo, resulta imprescindible establecer principios irrenunciables que sirvan de base sólida para una paz genuina. En este sentido, cualquier tratado duradero debería partir de condiciones claras, como lo son la prohibición expresa de la cesión territorial como recompensa de la agresión, el establecimiento de garantías de seguridad multilaterales efectivas para Ucrania, así como el pleno respeto a su derecho soberano de decidir su futuro, incluida su aspiración legítima a adherirse a la Unión Europea o a la OTAN. Sin estos elementos básicos, cualquier tratado no sería más que una tregua frágil, condenada a ser erosionada por las mismas dinámicas de presión, coacción y violencia que han caracterizado la conducta del Kremlin hasta ahora.
Lamentablemente, en
este intento de imponer una "paz" sin justicia ni garantías, se
siembra una semilla peligrosa, que no es otra que la de un mundo donde la
fuerza prima sobre el derecho y donde la estabilidad futura será, en el mejor
de los casos, un espejismo.
Quien firma la paz sin
victoria siembra la guerra sin fin.
— Winston Churchill

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