Venezuela: Washington en la Encrucijada

¿Se prepara Washington para una confrontación militar con Venezuela… o solo eleva el pulso de la presión?

EU despliega destructores en el Caribe en una controvertida ofensiva contra el narcotráfico. EFE

La suprema excelencia consiste en quebrar la resistencia del enemigo sin luchar.
— Sun Tzu


Uriel J. Herrera | Opinĭo | agosto, 2025

La pregunta se repite con insistencia, ¿estamos ante el preludio de una intervención militar en Venezuela o más bien ante una nueva fase de presión estratégica? Lo cierto es que el despliegue naval estadounidense en el Caribe, sumado al aumento de la recompensa contra Maduro y la designación del Cartel de los Soles como organización terrorista, envía una señal inequívoca de que la diplomacia coercitiva está en marcha con afilados dientes.

Entre la legitimidad y el control de facto

Estratégicamente, es posible que Washington no busque, al menos por ahora, un desembarco masivo en Venezuela, sino torcer decisiones dentro del régimen. El objetivo inicial sería fracturar la red de rentas ilícitas, encarecer la protección a socios criminales y elevar el costo de cada movimiento de PDVSA, del oro y del financiamiento a colectivos. En paralelo, Maduro responde con lo de siempre; milicias por millones, uniformes y discursos de “amenaza externa”. En este contexto, la FANB se convierte en escudo político y al mismo tiempo en rehén de una narrativa de resistencia que intenta ocultar su desgaste interno.

El contraste es evidente. Edmundo González, reconocido como presidente legítimo electo en los comicios de julio de 2024, representa la salida institucional, mientras Maduro se aferra al poder a través del control armado y económico. Esta contradicción define el actual campo de juego, que no es otra cosa que legitimidad reconocida frente a coerción de facto.

Sanciones, compliance y el precio de la sobrevivencia

La presión se traduce en impacto económico. El riesgo-país se dispara, cada operación de crudo o de oro se convierte en una pesadilla regulatoria y aunque licencias selectivas como la de Chevron oxigenan un poco al régimen, el costo de cada transacción sube. En suma, compliance es política exterior por otros medios.

En este escenario, desafortunadamente el ciudadano de a pie paga el precio traducido en inflación importada, distorsiones cambiarias y una creciente dependencia de remesas. Si bien Washington intenta sostener la coerción en modo quirúrgico, castigando a las élites del poder más que al pueblo, esa línea es frágil y el chavismo se aprovecha de ello para alimentar su propaganda de “sanciones criminales”.

El mensaje va más allá de Caracas

El despliegue naval es un mensaje a múltiples receptores. A Caracas, claro está, pero también a las rutas del narcotráfico y al Tren de Aragua, cuya designación como organización terrorista refuerza la tesis de que el régimen funciona como un ecosistema criminal. El mensaje también llega a Rusia, China e Irán, que instrumentalizan la narrativa antiimperialista, y a Brasil sin dejar de mencionar a Colombia, que prefieren contención sin incendio regional.

En este juego, el Caribe se convierte otra vez en tablero de ajedrez geopolítico, donde la presencia de la 4ª Flota, destructores con misiles guiados, submarino nuclear y el grupo anfibio con el USS Iwo Jima a la cabeza, son piezas de presión tanto como de disuasión.

Cuatro escenarios posibles

Compellence sin disparo
Washington mantiene la presión con interdicciones selectivas, designaciones financieras y el uso de la agenda migratoria como palanca. Caracas concede en lo táctico, pero preserva lo estratégico.

Choque limitado
Un incidente en el mar o una operación puntual contra activos criminales produce un golpe psicológico fuerte sin llegar a una campaña terrestre.

Escalada por accidente
Señales mal interpretadas, un choque aéreo o marítimo que obligue a ambos a no retroceder. El riesgo es bajo, pero existe.

Ataque quirúrgico de captura (escenario extremo)

Una operación especial para capturar a Maduro y a otros cabecillas premiados. Aquí la diferencia es clave, pues no habría vacío institucional, dado que Edmundo González ya es el presidente legítimo. El problema sería un vacío de control operativo, porque la FANB, los colectivos y las redes criminales todavía mandan en el terreno. El desenlace dependería de si los militares reconocen a González, si la comunidad internacional da respaldo inmediato y si se logra contener la violencia interna. Aunque improbable, su valor reside en ser la última carta disuasiva de la coerción, es decir, la posibilidad real de que si todo lo demás falla alguien venga por ti.

En una publicación anterior en este blog, Venezuela en la Encrucijada, advertí que la clave no era acumular sanciones dispersas sino construir una amenaza creíble dentro de un esfuerzo concertado de Estados Unidos, la Unión Europea y América Latina. Esa arquitectura buscaba atacar las rentas de la élite mediante la congelación de activos y el cierre de financiamiento, acelerar el vector judicial en la CPI, profundizar el aislamiento diplomático y sostener a la resistencia no violenta con recursos y protección. Precisamente esa coerción calibrada es la que hoy se traduce en el Caribe pero ahora con un despliegue naval, designaciones terroristas y presión regulatoria sobre crudo y oro. El martillo de la fuerza solo funciona cuando golpea donde duele, en las finanzas, en los pasaportes y en la impunidad.

¿Se prepara Estados Unidos para una guerra con Venezuela? No necesariamente. Se prepara para negociar con poder de fuego sobre la mesa. La diplomacia coercitiva no necesita disparar para ser eficaz, necesita credibilidad, objetivos verificables y un adversario que sepa que cada concesión pospuesta multiplica el costo.

Maduro lo sabe, por eso dramatiza. Washington lo sabe, por eso despliega. El Caribe, una vez más, se convierte en tablero de una partida donde la amenaza del choque —real o implícita— es la pieza que sostiene el equilibrio.

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