Pacto: La mancha negra del caudillismo

El poder conseguido por medios culpables nunca se ejercitó en buenos propósitos.

Tácito


Por Uriel J. Herrera


Es una realidad indiscutible que amplios sectores de la sociedad nicaragüense se han manifestado libres de todo miedo contra el pacto y la corrupción, haciendo de esta lucha un estandarte de civismo surgido de una profunda y manifiesta vocación democrática. Las marchas “blancas” como despectivamente ha dado en llamarlas el Secretario del FSLN pretendiendo minimizarlas y despreciarlas, se han convertido en la más viva y legítima expresión de un pueblo que ha hecho de la protesta cívica su bastión de lucha para reivindicar sus más altos valores democráticos.


Nicaragua hoy se debate entre el progreso y el atraso, su futuro se encuentra pendiendo de la fragilidad institucional de la que adolece nuestra incipiente democracia, el reto y la capacidad de erigir un Estado de Derecho pasa por la actual condición de salud de nuestra institucionalidad, misma que hoy padece del peor de los males posibles producto del accionar de cúpulas políticas, cuyo único propósito ha sido preservar el poder que ostentan amparados en las prebendas y el clientelismo. Las recientes reformas a la Constitución Política tiñen nuestra democracia con una oprobiosa mancha negra, porque han sido estampadas con el sello de los pactistas al margen de la voluntad de los nicaragüenses.


La expresión ciudadana manifestada a través de la protesta cívica contra el pacto, se convierte en el más fiel testimonio de convicción democrática y, por ende, de un total y contundente rechazo a las cúpulas partidistas que en función de proteger sus mezquinos intereses personales, han puesto en riesgo lo que a todo un pueblo le ha venido costando construir en libertad y democracia.


Es evidente que después de una reciente historia de miseria y de muerte, la mayoría de la población lucha cívicamente dentro de los linderos democráticos, por un país donde puedan ver a sus hijos crecer y progresar, muy lejos de aquella cruda e infame realidad en la que tantos nicaragüenses sin distinción de credo, género o estrato social, se perdieron en un lejano y oscuro exilio empujados por las dictaduras de turno.


Éste es el compromiso de lucha que se hace manifiesto a través de la protesta de todos los ciudadanos organizados en el más amplio contexto de la sociedad civil. Precisamente, la democracia como sistema político propicia la intervención de los ciudadanos en el gobierno de un Estado, permitiéndoles en su ejercicio el predominio político, el cual ha de sustentarse sobre la observancia de las leyes y la defensa de sus legítimos derechos.


El compromiso de los gobernantes y de la clase política ha de estar acorde con estos principios, en consonancia con la voluntad de los ciudadanos de donde emana la legitimidad del poder político, traicionar deshonestamente estos principios equivale a convertir la democracia en la antítesis de los valores que le inspiran como doctrina política despreciando así la voluntad ciudadana.


Quizá en este contexto sea oportuno rememorar las sabias palabras de Juan Pablo II al referirnos que “La democracia necesita de la virtud, si no quiere ir contra todo lo que pretende defender y estimular”.




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