Secretario Rubio reafirma su condena a la dictadura Ortega-Murillo: ‘Enemigo de la Humanidad’

 

Imagen. Fuente: newsweek.

La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.
Milan Kundera


Uriel J. Herrera | Opinĭo | abril, 2025

A siete años del estallido social de abril en Nicaragua —aquel clamor popular brutalmente silenciado por la represión— Estados Unidos ha reafirmado su condena al régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. En palabras del secretario de Estado, Marco Rubio, no se trata solo de un gobierno autoritario, sino de un “enemigo de la humanidad”. Una expresión que trasciende la diplomacia convencional, situando al régimen nicaragüense no solo como un actor regionalmente problemático, sino como una amenaza que trasciende sus fronteras.

En este contexto, el pasado 18 de abril —fecha marcada por la memoria de la rebelión de 2018— Rubio utilizó su cuenta oficial en X para anunciar un nuevo paquete de sanciones dirigidas a más de 250 funcionarios del régimen de Ortega-Murillo, quienes han sido objeto de restricciones de visa. Esta medida, que se suma a las más de 2,000 ya impuestas anteriormente, está amparada en la Proclamación Presidencial 10309, diseñada para impedir el ingreso a EE. UU. de individuos que debiliten la democracia y violen los derechos humanos.

“As I stated during my first visit to our region, the Nicaraguan regime is an enemy of humanity. The Trump Administration will not tolerate threats to U.S. security from a regime that weaponizes immigration and positions Nicaragua as a hub for illegal immigrants trying to cross our border. Today @StateDept took steps to impose visa restrictions on over 250 Nicaraguan regime officials, targeting the cronies of the Ortega-Murillo authoritarian dynasty.”
Marco Rubio, en X

Por otro lado, cabe destacar que la dimensión de estas sanciones va más allá de lo simbólico o lo punitivo. Según Rubio, el régimen ha convertido a Nicaragua en un trampolín para la migración irregular, utilizando la desesperación humana como arma política. Por lo tanto, el señalamiento es directo, ya que acusa a la “dinastía Ortega-Murillo” de manipular flujos migratorios para socavar la seguridad fronteriza de Estados Unidos, posicionando al país centroamericano como un hub estratégico para inmigrantes ilegales que buscan cruzar hacia territorio estadounidense.

Precisamente por ello, este nuevo capítulo en la política exterior de Washington hacia Nicaragua refuerza la línea dura de la administración Trump, que ha optado por un enfoque de sanciones sostenidas y una retórica sin ambigüedades. Es decir, lo que se plantea ya no es solo una condena a la represión, sino la construcción de un cerco internacional que combine presión migratoria, económica y diplomática.

El Departamento de Estado ha sido claro al afirmar que “La dictadura de Ortega-Murillo ha privado al pueblo nicaragüense de sus libertades fundamentales, forzando a muchas personas al exilio”. En esta línea, la narrativa oficial estadounidense celebra la valentía de los manifestantes, promueve la rendición de cuentas y posiciona sus acciones como un gesto de solidaridad con quienes aún resisten tanto dentro como fuera de Nicaragua.

Sin embargo, cabe preguntarse: ¿bastan las sanciones para frenar una maquinaria autoritaria que ha demostrado una resiliencia sin escrúpulos? ¿Qué impacto real tienen estas medidas en una estructura de poder que ha logrado sostenerse a fuerza de control militar, propaganda estatal y alianzas geopolíticas alternativas?

Ortega y Murillo, por su parte, han respondido a estos ataques cerrando aún más el espacio cívico, persiguiendo a la disidencia, revocando nacionalidades y reforzando un aparato de vigilancia represiva cuya sofisticación recuerda a regímenes totalitarios del siglo XX. La lógica del régimen es clara y profundamente criminal, donde el exilio se convierte en norma y la ciudadanía en privilegio, toda oposición es vista como traición.

Por eso, cada declaración, cada restricción, así como también cada sanción, tiene hoy una doble lectura; es decir, en el plano internacional, es una señal de aislamiento; en el plano interno, es combustible con el que el régimen alimenta y propaga su trillado discurso del “enemigo externo”.

Sin duda, el gesto de Washington no es menor. Es, en cierto modo, un recordatorio para el mundo de que la lucha por la libertad en Nicaragua aún no ha sido olvidada. Y, como bien lo advertía Kundera, hay momentos en que recordar es la forma más resistente de luchar.


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